MODELO PEDAGÓGICO INSTITUCIONAL


El modelo pedagógico que define nuestro proyecto educativo no puede ser pensado sino como una conjunción de ideas, prácticas y estructuras que fueron evolucionando desde nuestro origen en 1980 como curso de formación cinematográfica. A partir de ese momento se fue conformando un equipo docente que se enfrentó a la dificultad de carecer de experiencias referenciales, ya que prácticamente no existían institutos que dieran respuesta a la demanda de formación en el campo audiovisual.

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Es así que se fueron descubriendo empíricamente las formas de trasmisión del conocimiento más adecuadas para cada área, construyendo un Taller de Cine Contemporáneo en el que se integraron la teoría y la práctica en experiencias concretas de producción. Los logros alcanzados en este camino, nos hicieron descartar métodos tradicionales de enseñanza en los que la teoría tiende a funcionar como abstracción sin anclaje en la realidad y la práctica, como una serie de acciones aisladas que simplemente ilustran la teoría, en combinaciones variables  que no logran que el alumno incorpore un conocimiento perdurable. Entonces, optamos por el camino de integrar teoría y práctica en un modelo educativo donde forman parte del mismo experimento. Un concepto experiencial.

En cada experiencia el alumno, colocado en el centro del experimento, no puede ser un sujeto pasivo que aprehende de manera directa o indirecta la transmisión de ideas, informaciones y técnicas por parte de un docente que forzosamente se colocaría en un sitio de saber al que el alumno debería llegar. En cambio, el estudiante debe plantearse objetivos, caminos y herramientas para poder transitar ese experimento, especialmente los proyectos de filmación que obligan a indagar en las ideas, informaciones y teorías preexistentes, a la vez que necesitan ser puestas en acto para completarlas. En ese trayecto el docente cumple la función de orientarlo, acompañarlo e incluso contradecirlo, sin situarse en un lugar ajeno a su propia experiencia, con lo que teoría y práctica se integran en el trayecto, realimentándose.

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Esta experiencia concebida como singular e individual, no reproduce un modelo único de individuo ni un alumno prototípico, sino que conjuga los objetivos propios de la materia con los intereses personales del sujeto. De la misma forma, el docente precisa personalizar la relación entre su saber y el del alumno adaptándolo a las particularidades de cada experiencia y de cada alumno en particular. En este modelo, el docente no se limita a ser mejor o peor transmisor del conocimiento, sino que lo construye junto con el alumno.

Históricamente en las instituciones educativas subyace una hipotética oposición deber-deseo inclinando la balanza casi indefectiblemente hacia la primera opción. Hacer bien los deberes sería algo así como la quintaesencia del buen estudiante. El resultado de hacer hincapié en la obligación y en la exigencia por alcanzar un objetivo preestablecido por el docente en un contrato unilateral que se resuelve en términos de aprobación y reprobación, tiende a finalizar con un resultado predecible: el conocimiento perdura en el alumno el tiempo indispensable para sortear las pruebas y poco más.

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Nuestro modelo opta por inclinar la balanza hacia el lado del deseo, concibiéndolo como punto de partida y motor de cualquier proyecto, buscando despertarlo, cultivarlo e incentivarlo, haciendo que las experiencias de trabajo estén basadas en él. Esto cobra relevancia al ser nuestro instituto una escuela de arte, en la que buscamos despertar una forma extrema del deseo como es la pasión. Tratamos así de recuperar formas de aprendizaje como las que se experimentan en la infancia, como el juego, la investigación, la exploración y la sorpresa que construyen el aprendizaje como un camino natural.

De esta manera, el conocimiento emerge en forma simple en vez de ser impuesto artificiosamente y los estudiantes pueden hacerse dueños del conocimiento, apropiarse de él, desarrollar la creatividad, el pensamiento crítico y el manejo autónomo. Se trata entonces, de trabajar sobre lo que el alumno quiere, busca y desea.

Consideramos así, la formación como un proceso continuo que comienza antes de que el alumno ingrese a nuestras aulas y seguirá -idealmente- durante toda su vida, por lo que nuestra principal función en ese continuum consiste en saber reconocer sus saberes previos, encontrar las estrategias necesarias para guiarlo en su crecimiento y finalmente darle las herramientas necesarias para que pueda continuarlo en el futuro.

 

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